Anoche
tuve la oportunidad de presenciar “La fabulosa historia del Gran Mono Blanco”,
la obra de teatro protagonizada y dirigida por Fernando Berretta y Virginia Cardoso
y basada en el prefacio de El teatro y su
doble, uno de los ensayos más
reconocidos de Antonin Artaud. En ese texto, Artaud instaura las bases del
llamado Teatro de la Crueldad. Según las ideas del escritor francés, el
objetivo primordial de una obra teatral consiste en provocar la sorpresa e
impresionar a los espectadores mediante situaciones impactantes e inesperadas.
De esta manera, se pretende dejar una huella en el espectador, se pretende que
la obra realmente lo marque con todo lo que ese verbo significa.
Ahora bien, cuando Artaud menciona el color blanco en su texto lo hace
en referencia al hombre europeo, pues allí menciona que “si creemos que los
negros huelen mal, ignoramos que para todo cuanto no sea Europa somos nosotros,
los blancos, quienes olemos mal. Y hasta diré que tenemos un olor blanco, así
como puede hablarse de un mal blanco”.
En ese sentido, tal vez el Gran Mono Blanco no sea ni más ni menos que el
hombre europeo, el hombre que desde su visión etnocéntrica supone que el resto
de las razas que habitan el mundo son inferiores en cuanto a fuerza,
inteligencia y moral. Por eso, tampoco es gratuita la inserción de las
reflexiones acerca de la muerte de Montaigne en la adaptación dramática
propuesta por Fernando Berretta. Recordemos que Montaigne fue quien difundió el
concepto del buen salvaje para
referirse a todo aquel hombre que no formara parte de la cultura europea. Al
referirse al buen salvaje, Montaigne
pretendía defender la teoría de una suerte de inocencia original frente al “amaneramiento
del espíritu humano” causado por el exceso de cultura. Desde ese punto de
vista, el Gran Mono Blanco puede ser visto como ese salvaje que es transplantado
a una cultura distinta a la suya y se ve obligado a aprender los gestos
necesarios para agradar a sus captores. Y tal vez el buen salvaje no sea ni más ni menos que el artista que pretende ser
por sí mismo pero que se ve obligado a ser para los demás. Es por eso que el
Gran Mono Blanco en sus instantes finales no puede más que expresar su odio
hacia quienes vienen a ofrecerle falsamente sus condolencias.
En el inicio de la obra, la cuidadora del Gran Mono Blanco comienza
repitiendo las palabras del texto de Artaud en el cual el escritor francés
expresa que “nunca, ahora que la vida misma sucumbe, se ha hablado tanto de
civilización y cultura”. Por lo tanto, la puesta en escena se estructura en
base al conflicto entre vida y cultura. Y desde ese punto de vista, la cultura
es enemiga de la vida, es el amaneramiento del espíritu humano del cual hablaba
Montaigne, es el sometimiento de los instintos vitales del hombre en estado de
inocencia natural. El Gran Mono Blanco se encuentra ante la instancia final de
una muerte inminente, pero ya antes ha sido privado de la vida al ser sometido
al cautiverio y al haber sido obligado a representar un papel para los demás. La
vida en la cultura no es la verdadera vida, la vida en la cultura es enemiga de
la verdadera vida. Y tal vez por eso, la muerte sea la única posibilidad de
liberación por parte del Gran Mono Blanco. E incluso así lo reconoce en una de
las reflexiones imaginadas por Montaigne en su texto. Una vez muerto, el Gran
Mono Blanco se libera del sometimiento de la falsa cultura, escapa a los
preceptos del buen pensar y el buen hacer impuestos por los dueños del
zoológico. Pero morir nunca es fácil, morir implica sufrir, implica abandonar
lo que se es para ser otra cosa o tal vez no ser nada. Y en esa disyuntiva el
Gran Mono Blanco expresa que él, al igual que Montaigne, pretendió prepararse
para la muerte pero que nunca supo ni imaginó que “morir iba a ser tan pesado”.
En conclusión, puede decirse que la adaptación realizada por Berretta,
al contar la historia del mono que se encuentra agonizando y que pretende dejar
su mensaje final al mundo, logra ampliamente el objetivo propuesto por Artaud
en El teatro y su doble, pues al
mismo tiempo que cuestiona la idea de cultura provoca en el espectador la
sorpresa y el impacto de lo inesperado, de lo novedoso. En todo momento, el
espectador se siente interpelado e incluso, en un determinado momento, no sabe
si quién le habla y le expresa su odio es el Gran Mono Blanco o el propio
Fernando Berretta, pues llega un instante en el cual los límites entre la
ficción teatral y la realidad se difuminan, se diluyen, se esfuman, se
desvanecen.


En el comienzo de la obra, la cuidadora pone el ejemplo de un niño al cual le dicen que debe "comportarse de manera natural", lo cual en realidad, segun ella lo traduce, quiere decir "de manera en que e indica la sociedad y la cultura". Creo que aqui ya da un indicio de lo que se quiere representar con la obra.
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