Después de atravesar el oscuro mar
azul, César llega a la antigua tierra británica que aún no tiene tal nombre; la
tierra de los bosques profundos, de las tinieblas perpetuas y de los misterios
insondables. Sus soldados, quienes con la brevedad de sus disciplinadas espadas
han sometido a la salvaje Galia bajo el yugo de la invencible águila romana,
quienes derrotarán a las nunca derrotadas legiones de Pompeyo el Grande para
ofrecer a Roma la visión de un nuevo dios, sienten temor. Ellos no recuerdan
las artes de la lucha y no están dispuestos a enfrentarse a hombres que no
pueden ser vistos, a hombres que no son hombres, a hombres que son demonios.
César no quiere resignar su valor pero él también siente temor; la densa
neblina de la nueva tierra apaga su ardor guerrero e inhibe su ambición de
poder. César decide regresar, tal vez el Rubicón ofrezca más gloria.
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