domingo, 1 de noviembre de 2015

Kertész o la imposibilidad de la autobiografía

En un artículo titulado “Problemas teóricos de la autobiografía”, Ángel Loureiro, analizando los postulados teóricos de Paul John Eakin, habla acerca de la imposibilidad de la autobiografía. ¿A qué se refiere con este concepto? Pues ni más ni menos que al hecho de que no se puede separar nunca la autobiografía de la ficción. En teoría, se supone que la primera es un texto narrativo en el cual un autor cuenta su propia vida, es decir, cuenta hechos reales acerca de sí mismo. Sin embargo, Eakin señala que “el texto autobiográfico no refleja un autor referencial sino que el autor se crea a sí mismo, crea un yo que no existiría sin ese texto” (1991: 4). Por lo tanto, desde este punto de vista, “el acto autobiográfico es un modo de autoinvención que se practica primero en el vivir y que se formaliza en la escritura” (1991: 4).
     De todas maneras, según Loureiro, Eakin retrocede en este límite y parece querer justificar el acto autobiográfico como narración de hechos reales acerca del sí mismo a partir de la psicología y no desde la historia, es decir, pretende hacerlo a partir de una disciplina que también se pretende científica y positivista. Piensa que si ya no se puede sostener el acto autobiográfico desde una referencialidad histórica comprobable, al menos se lo puede hacer desde una formal. En consecuencia, la validez de la autobiografía como género, según Eakin, se asienta en el hecho de que repite unas estructuras evolutivas de la personalidad (1991: 4-5). Sin embargo, algunos otros autores son contrarios a esta postura. Sidonie Smith, por ejemplo, señala que en el acto autobiográfico se produce un desdoblamiento del yo entre el yo narrador y el yo narrado. Desde este punto de vista, entonces, el texto autobiográfico es un artefacto retórico que, lejos de reproducir  o crear una historia de vida, producen su desapropiación (1991: 6), es decir, producen la narración de la historia de un yo narrado que pretende ser el mismo que el yo narrador pero que sin embargo es otro. Es en este punto, por lo tanto, en donde se realiza el cruce entre una historia que pretende ser real pero que no deja de ser al mismo tiempo ficticia.
     Del mismo modo, en la introducción de su libro Acto de presencia. La escritura autobiografía en Hispanoamérica, Sylvia Molloy también menciona la imposibilidad de “narrar la historia de una primera persona que sólo existe en el presente de la enunciación” (2011: 11). En cierta forma, esta idea de Molloy acerca de la narración autobiográfica coincide con la de Paul Ricoeur acerca de que el ser humano es una concordancia discordante. Ahora bien, ¿qué quiere decir Ricoeur con esta idea? Pues ni más ni menos que el ser humano nunca es el mismo en el transcurso de su vida, siempre está siendo otro. El hombre es una concordancia en tanto es el mismo a lo largo del tiempo, pero simultáneamente es una discordancia en cuanto siempre va siendo otro. Es así como Ricoeur menciona que en toda composición narrativa se da una “síntesis de lo heterogéneo” entre lo que es y lo que ya fue. Por esto, entonces, “la identidad narrativa de un personaje sólo puede ser correlativa de la concordancia discordante de la propia historia” (1999: 221).
     En consecuencia, tal como lo señala Molloy, el narrador en primera persona que sólo existe en el presente de la enunciación se aboca a la tarea imposible de contar la historia de otra primera persona que existe en el pasado de lo enunciado, otra persona que es el sí mismo pero al mismo tiempo es otro. O, tal como lo indicaba Sidonie Smith, se produce un desdoblamiento entre el yo narrador del presente y el yo narrado del pasado. Además, de la misma manera en que Ricoeur señala que “el relato es la dimensión lingüística que proporcionamos a la dimensión temporal de la vida. […] La historia de la vida se convierte, de ese modo, en una historia contada” (1999: 216), Molloy define a la autobiografía como una re-presentación, algo que se presenta nuevamente, se vuelve a contar, puesto que, según ella, “la vida a la que supuestamente se refiere es, de por sí, una suerte de construcción narrativa. La vida es siempre, necesariamente, relato” (2011: 15-16). En síntesis, a partir de lo expuesto, puede notarse como la autobiografía es un relato del sí mismo que siempre está atravesado por la ficción, un relato que nunca es totalmente real.

     Uno de los relatos en lo que se nota esta suerte de ficcionalización de la autobiografía es la novela Kaddish por el hijo no nacido del escritor húngaro Imre Kertész.  En ella existe un narrador en primera persona que, en cierto modo, a partir de sus vivencias, puede ser identificado con el autor de la misma. Desde este punto de vista, la novela de Kertézs puede ser leída como una autobiografía. Aunque, sin embargo, como se decía anteriormente, siempre va a ser una autobiografía que está atravesada por la ficción, que nunca cuenta totalmente la realidad. Uno de los primeros aspectos que se pueden tener en cuenta en este sentido es cómo se define a sí mismo el narrador de la historia. El narrador dice que es escritor y traductor, de nacionalidad húngara, de origen judío, sobreviviente de Auschwitz, esposo, hijo único, hijo rechazado por su madre, padre de un hijo no nacido. Sin embargo, el narrador no sólo se define a sí mismo sino que, de la misma manera, a lo largo de su vida, ha sido definido por otros, ha sido definido desde la alteridad. Por ejemplo, para los nazis que lo terminan transportando a Auschwitz ha sido definido como “una mujer calva con una bata colorada”, es decir, como un judío más entre otros judíos, como un impuro. Ahora bien, ¿de dónde proviene esta expresión? Proviene de uno de los episodios de la novela en el que el narrador, cuando era joven, tiene la oportunidad de ver a una familiar suya, a una tía más precisamente, en el momento en el que se estaba mostrando tal como la judía ortodoxa que era. Su padre le explica entonces que tanto su tía como sus parientes eran polisch, y que “las mujeres polisch se rapaban por motivos religiosos y llevaban una peluca llamada schlati” (2002: 73). Así es como el narrador descubre:
Mi condición de judío empezó a resultar cada vez más relevante, por cuanto tal condición implicaba en general la sentencia de muerte, como fue demostrándose con el paso del tiempo, de pronto tomé conciencia de que ya sabía quién era, […] yo era una mujer calva sentada delante del espejo, con una bata colorada. (2002: 31-32)
Al ser un judío más entre otros judíos es entonces un ser pasible de ser llevado a Auschwitz por los otros, por quienes se pretenden puros, superiores. El judío es una mancha, una peste, está estigmatizado.
     Es así entonces como el judío, la mujer calva con una bata roja, se transforma en un futuro sobreviviente de Auschwitz. Su relato está atravesado por esa vivencia. Sin embargo en el momento presente de la enunciación narrativa no puede decirse que el narrador sea tanto la mujer calva con una bata roja como el sobreviviente de un campo de concentración. En el momento presente de la enunciación, el narrador es otro, quizás sea el padre de un hijo no nacido, un hijo al cual le ha negado la existencia. O tal vez ni siquiera eso, tal vez sólo sea un viejo escritor que pasea junto a otro por el bosque de una residencia. Pero, de todos modos, tampoco deja de ser lo que fue antes, no deja de ser ni el judío ni el sobreviviente de Auschwitz. Es una concordancia discordante cuya vida está atravesada por esas vivencias que en su relato se hacen ficticias. Son ficticias en tanto no son la realidad sino que tan sólo son su realidad. En este punto, en su condición de judío sobreviviente de un campo de concentración, reside una de las premisas a partir de las cuales se estructura el relato. En una reunión con otros intelectuales judíos sobrevivientes de los campos de concentración nazis se llega a la conclusión de que “Auschwitz no tiene explicación”. Sin embargo, el narrador piensa por el contrario que “la frase, vista desde la mera perspectiva de la lógica lingüística, es errónea, que a lo sumo refleja deseos, una moralidad infantil […] y diversos complejos reprimidos” (2002: 45). Para el narrador, Auschwitz sí parece tener explicación, pero es una explicación no complaciente. Para el narrador
es imposible eludir las explicaciones, no cesamos de explicar y de dar explicaciones, la vida misma, ese complejo inexplicable de fenómenos y sensaciones, nos las exige, nuestro entorno nos las exige y, por último, nosotros mismos exigimos de nosotros explicaciones, hasta que conseguimos destruir todo a nuestro alrededor, incluidos nosotros mismos, es decir, hasta que por fin conseguimos explicarnos a muerte (2002: 8)

    En este sentido, Ricoeur reconoce que en la interpretación de los textos debe existir una complementariedad entre dos momentos, el comprensivo y el explicativo. Según el autor francés, “la comprensión es más bien el momento no metódico que en las ciencias de la interpretación, se compone con el momento metódico de la explicación. Ese momento precede, acompaña, clausura y de este modo envuelve a la explicación” (Lojo, 1986: 191). Ahora bien, ¿en qué consiste específicamente la explicación que el narrador de Kaddish por el hijo no nacido pretende dar acerca de Auschwitz según lo postulado por Ricoeur? Para Ricoeur, “la explicación desarrolla analíticamente la comprensión” (Ferraris, 2002: 251), es decir, es el momento epistemológico que precede a lo ontológico en la construcción del propio ser. Según Ferraris, “en una epistemología de los textos literarios, la hermenéutica no descubre simplemente un antagonista o a su otro, sino además sus propios orígenes” (2002: 251). De este modo, entonces, lo que hace el narrador de la novela de Kertész al intentar explicar el hecho Auschwitz es ni más ni menos que ubicar el ser del judío en una estructura ideológica que lo rechaza y, a partir de allí, tratar de comprender su propia vida tanto en relación al sí mismo como al otro, al que lo rechaza.

     Según lo que señala María Rosa Lojo, a partir de los postulados teóricos de Paul Ricoeur, “la narración se convierte en modelo interpretante de la realidad vivida” (1986: 194). Pero para ello debe cumplir una función metafórica y simbólica, es decir, debe ser “capaz de re-describir lo real por la tensión predicativa de la cópula que indica a la vez el ser y el no ser, esto es, el ser como” (1986: 193). Entonces, si uno se ubica en esta perspectiva metafórico-simbólica de la interpretación de los textos, puede comprender de mejor manera el conflicto que sufre el protagonista de la novela de Kertész. Básicamente, su problema consiste en que no desea tener un hijo, es el padre de un hijo no nacido. Ahora bien, ¿por qué no desea tenerlo? ¿Por qué no desea ser padre? Tal vez la explicación se encuentre en los episodios vividos durante su infancia. Hacia el final de la novela, el narrador recuerda un internado al que lo envió su padre para ser educado. Allí, en ese lugar, según él, la educación se basaba en principios simples: el principio de la autoridad, el principio autoritario del padre, el del ejercicio del poder. En ese sentido, el internado cumple la función del padre, es el depositario del poder. A partir de esta vivencia, el narrador concluye que “el poder es incontestable como incontestables son sus leyes que rigen nuestras vida, pero nunca podemos cumplir estas leyes de una manera total: siempre somos culpables ante el padre y ante Dios” (2002: 136).
     Del mismo modo que hay una conexión entre el internado y la figura paterna, hay otra entre el mismo lugar y Auschwitz. El narrador otra vez vuelve a recordar cómo pasaban revista en el internado, la pasaban de la misma manera en que después la pasarían en el campo de concentración. Auschwitz era para él, entonces, una exacerbación de las mismas virtudes para las cuales lo educaron desde su infancia (2002: 137). El narrador dice, en este sentido,
Auschwitz […] se me presenta en la imagen del padre, […] las palabras padre y Auschwitz producen en mí las mismas resonancias […]. Si es cierta la afirmación de que Dios es un padre encumbrado, entonces Dios se me manifestó en la imagen de Auschwitz (2002: 137)
Auschwitz, entonces, no sólo simboliza al internado, no sólo es una imagen especular y exacerbada de este lugar, sino que también es como el padre e incluso como Dios, el padre encumbrado. El estado que instituye Auschwitz es un padre iracundo que castiga a sus hijos no deseados, los impuros, los que son como una mujer calva con bata roja. Así, el deseo del narrador de no tener un hijo puede ser explicado, comprendido e interpretado a partir del deseo de no ser el Auschwitz de un nuevo ser en el mundo, el padre iracundo y punitivo de una nueva existencia. Por eso, el narrador reza un kaddish por él, por su hijo no nacido, lo reza para librarlo del mal del mundo.

     En conclusión, desde el punto de vista de su imposibilidad, la autobiografía que narra el protagonista de la novela de Kertész tal vez no sea un relato de hechos completamente verídicos acerca de la propia vida tal como tendría que serlo en este género sino más bien el intento de comprensión y explicación del sí mismo que uno es a partir de lo que uno ha sido. En ese sentido, el hombre que no desea ser padre es a partir del judío que ha sido estigmatizado, del judío que ha sobrevivido a Auschwitz, es la concordancia presente que es a partir de la discordancia que fue siendo en el tiempo pasado hasta su momento presente. La autobiografía se transforma así, de esta manera, en un ejercicio hermenéutico del sí mismo más que en un simple relato.

Bibliografía
FERRARIS, Mauricio (2002). Historia de la Hermenéutica. Siglo XXI, México.
KERTÉSZ, Imre (2002). Kaddish por el hijo no nacido. Narrativa del Acantilado, Barcelona.
LOJO, María Rosa (1986). “La hermenéutica de Paul Ricoeur y la constitución simbólica del texto literario” en Literatura y hermenéutica. García Cambeiro, Buenos Aires, pp. 189-210.
LOUREIRO, Ángel (1991). “Problemas teóricos de la autobiografía” en La autobiografía y sus problemas teóricos. Estudios e investigación documental. Suplemento de Anthropos Nro. 29. Diciembre, Barcelona, pp. 2-8.
MOLLOY, Sylvia (2001). Acto de presencia. La escritura autobiográfica en Hispanoamérica. Fondo de Cultura Económica, México.
RICOEUR, Paul (1999). Historia y narratividad. Paidós, Barcelona.


domingo, 11 de octubre de 2015

Fotosíntesis

Yo sólo era un pobre tipo 
encerrado en una casita de adobe. 
No conocía el mundo 
ni el mundo me conocía a mí. 
Estaba solitario y triste 
comiéndome los mocos
y sacándome las lagañas de los ojos.
Hasta que alguien vino,
me señaló con el dedo
y me dijo "Sos vos".
Entonces salí de la oscuridad
e hice la fotosíntesis.



sábado, 10 de octubre de 2015

Etnocentrismo y universalismo en la narrativa de Milton Hatoum

Euclides parece describir la realidad
como la imaginó, o como un viajero
aún puede verla actualmente:
una tierra en que los hombres
trabajan para esclavizarse.
Milton Hatoum en “Una carta de Bancroft”


          En el cuento “Una carta de Bancroft”, Milton Hatoum relata un sueño de Euclides da Cunha. En este sueño aparece abruptamente un francés de nombre Gobineau que “intenta convencer a Euclides de que las tierras incultas de América son viables solamente con la colonización europea” (Hatoum; 2013, 25)[1]. A partir de esta visión onírica se construye entonces un mundo posible que, desde el punto de vista del francés, podría ser una manifestación de lo utópico[2], pues en él se imagina un mundo ideal en el cual la cultura de la civilización europea se impone por sobre la naturaleza de la barbarie americana. Ahora bien, en este contexto de civilización y barbarie puede ser útil preguntarse quién es este tal Gobineau. Sin dudas, no es un personaje ficticio común y corriente sino que, por el contrario, es una persona con existencia histórica concreta; o sea, es una persona real que es ficcionalizada en el relato de Hatoum. En ese sentido, Gobineau no es una figura ontológicamente incompleta ni una entidad imaginaria que solamente existe en el texto y cuyos datos biográficos son imposibles de obtener más allá del mismo. Por el contrario, como se dijo anteriormente, es una persona real cuya biografía puede ser completada a través de la investigación del trasfondo histórico de su existencia. Al realizar esta tarea investigativa es posible ver entonces como Gobineau no es ni más ni menos que un pensador francés del siglo XIX que escribió un libro titulado Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas en el cual exponía lo que se puede denominar una suerte de teoría racialista vulgar.

         Con respecto al concepto de racialismo, en Nosotros y los otros, Tzvetan Todorov hace una especial distinción en referencia al concepto de racismo a secas. A este último lo define como “un comportamiento[3] que la mayoría de las veces está constituido por odio y menosprecio con respecto a personas que poseen características bien definidas y distintas a las nuestras”; mientras que el racialismo es más bien “una doctrina concerniente a las razas humanas” (2007: 115), es decir, es un sistema de pensamiento que permite clasificar a las razas humanas según criterios supuestamente  racionales y científicos. Pues bien, en el auge del positivismo, del racionalismo y del progreso materialista del siglo XIX, Gobineau puede ser inscripto sin dudas entre los principales propulsores de esta corriente teórica racialista. En su Ensayo sobre las razas, este pensador proclama que la superioridad de la raza blanca por sobre las demás se debe a los tres criterios básicos de belleza, fuerza física y capacidad intelectual. Según él, la raza blanca es más bella, más fuerte y más inteligente que cualquiera de las otras razas y por eso es la encargada moral de llevar la civilización a aquellas regiones de la tierra en las cuales todavía predomina la barbarie. De este modo, el mundo posible que Milton Hatoum reproduce en el sueño de Euclides a partir de las ideas de Gobineau está densamente poblado por características etnocéntricas.
          Así Milton Hatoum introduce en su cuento la idea acerca de la visión europeizante que ha existido desde siempre en la construcción de una imagen regional de la Amazonía y establece el punto de partida para una crítica hacia la imposición violenta de unos valores culturales supuestamente superiores a los de la región. Esto ya puede verse en el principio de la descripción del sueño de Euclides cuando el narrador del cuento señala como el escritor
soñó que la Amazonía [  ] ya no era una Tierra Ignota. Europeos de buena estirpe la habían poblado: áreas inmensas de selva estaban siendo devastadas y urbanizadas; la Amazonía, en suma, sería una extensión de Manaos y de Belén, ciudades cosmopolitas. (LCA, 25)
En la cita anterior existen dos elementos que son notorios. Uno de ellos está referido a la caracterización de los europeos como de “buena estirpe”, lo cual equivale a admitir su superioridad racial y verlos como a los únicos capaces de traer la civilización al espacio de la barbarie. El otro elemento notorio se refiere a la denominación de la Amazonía como una “Tierra Ignota”, es decir, como un territorio desconocido e inhabitado al cual debe ser traída la civilización. En el cuento de Hatoum existe, por lo tanto, un horizonte de tematización explícita que tendría que ver con la aparición de Gobineau en el sueño de Euclides y otro horizonte de tematización implícita que se relacionaría más bien con los motivos que impulsan a da Cunha a expulsar al francés de manera tan intempestiva de sus aposentos. Haciendo un ejercicio de deducción se puede pensar que tal vez estos motivos tengan que ver con el afecto inconsciente que el brasileño terminó teniendo hacia la naturaleza de la región amazónica, un afecto que se opondría quizás al proyecto “civilizatorio” y etnocéntrico de los europeos. En conclusión, se puede decir que en la construcción del mundo narrado de Hatoum existe un horizonte de tematización implícita en el cual la civilización se confronta con la barbarie.

        En este contexto, Todorov define al etnocentrismo como “el hecho de elevar, indebidamente, a la categoría de universales los valores de la sociedad a la que yo pertenezco” (2007: 21). Así el pensamiento etnocéntrico pretendería trasladar los valores de una cultura supuestamente superior a todas las demás culturas de la tierra bajo el pretexto de un acto civilizador. Sin embargo, el etnocentrismo no es ni puede ser universalista ya que el auténtico universalismo es otra cosa. Para explicarlo mejor, Todorov parafrasea a Rousseau cuando postulaba que
Por un lado, es preciso descubrir la especificidad de cada pueblo, así como las eventuales diferencias que tenga respecto de nosotros [  ] y saber desembarazarse de los “prejuicios nacionales”, es decir, del etnocentrismo. [  ] Hace falta, por un lado, y una vez comprobadas estas diferencias, regresar a la idea universal de hombre (2007: 31)
Por lo tanto, el universalismo “bueno” no consistiría en la imposición violenta de los propios valores culturales por sobre los ajenos sino que más bien supondría la posibilidad de establecer “un horizonte de armonías entre dos[4] particulares” (2007: 32). Esta idea provendría “del descubrimiento de que dos formas pueden corresponder a la misma esencia, y que [  ] nuestra forma no es (necesariamente) la esencia” (2007: 31-32). De allí se deduce que las distintas razas son diferentes manifestaciones de lo humano, pero ninguna de ellas es necesariamente la esencia de lo humano. En este caso, entonces, el mundo posible que se plantea como alternativa al etnocéntrico es un mundo universalista  que surge a partir de la visión de filósofos como Rousseau y que es  mutuamente excluyente con respecto al mundo imaginado por Gobineau. Desde ese punto de vista, el uno no puede existir si existe el otro, pues cada uno de ellos se basa en presupuestos ideológicos absolutamente opuestos; mientras el primero supone la noción de una supuesta superioridad racial y cultural, el segundo construye su visión a partir de la noción de igualdad humana.
          En Gobineau se había mostrado entonces como una postura etnocéntrica era sostenida por presupuestos pretendidamente racionales que proclamaban la superioridad de la raza blanca por sobre las demás en base a criterios físicos e intelectuales. Sin embargo, al parecer estos criterios no alcanzaban para sostener esa supuesta superioridad. Fue entonces cuando algunos pensadores contemporáneos a Gobineau intentaron recurrir a otras explicaciones. Por ejemplo, en Nosotros y los otros, Todorov le adjudica a Ernest Renan la imposición del concepto de raza lingüística por sobre el de raza biológica o física en la determinación del poder cultural del una nación. En primer lugar, Todorov describe como, según Renan, en Europa ya no existen razas puras, pues, para el pensador francés, “la raza pura es una quimera”, ya que “todas las naciones europeas son producto de la mezcla” (2007: 168). Por lo tanto, es necesario recurrir a otro concepto para explicar la superioridad de una cultura por sobre la otra y este concepto es el de raza lingüística. Así es como Renan descubre que “el espíritu de cada pueblo y su lengua se encuentran en el más estrecho vínculo: el espíritu hace a la lengua, y ésta, a su vez, sirve de fórmula y de límite al espíritu” (2007: 171). Es la raza lingüística, entonces, la que “desempeña un papel dominante en una cultura” (2007: 169) y la que debe ser tomada como el principal factor civilizatorio de aquellas culturas que todavía se consideran bárbaras.    
    
         Desde esta importancia otorgada a lo lingüístico, en el cuento “Una extranjera de nuestra calle” el narrador entiende que “la lengua y no la nacionalidad es lo que nos define” (LCA, 15). En este cuento se narra como una mujer peruana prefiere hablar el idioma inglés propio de su familia antes que el español de su país de origen o el portugués de la ciudad en que habita. De la misma manera, en el cuento “Dos poetas de provincia”, uno de los poetas a los que alude el título intercala en su habla portuguesa repetidas expresiones en lengua francesa con el fin de aparentar la familiaridad con una cultura que no es la suya. Este es entonces un intento de ambos personajes de pertenecer a un ámbito cultural supuestamente superior al originario a partir del uso de la lengua. Sin embargo, no es en estos cuentos en los cuales Hatoum hace su reflexión más profunda acerca del uso de la lengua como factor preponderante en la construcción de una imagen cultural.  
          En “La naturaleza se ríe de la cultura”, por ejemplo, el maestro francés Felix Delatour expresa que
Verne[5] piensa que puede promover la cultura indígena elaborando apostillas bilingües. Es un equívoco: no se puede dominar totalmente un idioma extranjero, porque nadie puede ser totalmente otro. Un desliz en el acento o en la entonación ya marca una distancia entre dos idiomas, y esa distancia es fundamental para mantener el misterio de la lengua nativa (LCA, 86).
En cierta manera, Delatour plantea la imposibilidad de traducir una lengua a la otra con total fidelidad, lo cual coincide con una postura relativista acerca de la teoría de la traducción, una postura que se basa filosóficamente en el hecho de que
Lo que consideramos traducción no pasa de ser un conjunto convencional de analogías aproximadas, un esbozo de reproducción apenas tolerable cuando dos lenguas o culturas tienen algún parentesco, pero francamente espurio cuando están en juego dos idiomas remotos y dos sensibilidades tan distintas como distantes (1998: 94).
Desde este punto de vista, cada lengua construye su propia visión de la realidad que por lo general es muy distinta a las visiones que tienen las otras lenguas, pues cada una de ellas construye sus propios mundos posibles que se excluyen mutuamente entre sí. Así el relativismo supone, tal como lo pensaba Leibniz, que cada mundo posible construido en los distintos idiomas es una monada, es decir, un compartimento estanco que no se relaciona con los demás y que existe en y por sí sólo.
          Algo similar sucede en el cuento “Manaos, Bombay, Palo Alto” cuando Rajiv Kumar Sharma, el almirante indio que visita al narrador, manifiesta que “la lengua inglesa es la más descentrada, la más distante en su estructura y ambiente de todas las lenguas indias. El inglés es el menos capaz de llenar la laguna entre el original y la traducción” (LCA, 49). De este modo, se establece una suerte de paralelismo entre esa lengua inglesa que es incapaz de traducir con exactitud el espíritu de la cultura india y la lengua portuguesa que también lo es con respecto a las culturas amazónicas nativas. Estamos entonces nuevamente frente a una postura relativista similar a la etnocéntrica, una postura que supone la existencia de diferencias culturales insalvables que sólo pueden ser resueltas a través de la dominación violenta del otro. En vista de esta situación, sólo resta suponer, tal como lo hace George Steiner, que “una y otra vez, las diferencias lingüísticas y la exasperante incapacidad de los seres humanos para comprenderse, han alimentado el odio y el desprecio recíprocos” (1998:77) ¿Cómo se hace entonces para superar este obstáculo?
          Quizás lo primero que convenga hacer sea ver cuál es la postura opuesta con respecto a ese relativismo que supone la incapacidad de traducir las distintas realidades que transmite cada lengua. Esta postura es nuevamente la universalista y, a diferencia de la anterior, postula que
la estructura subyacente de lenguaje es universal y común a todos los hombres. Las diferencias entre las lenguas humanas sólo son superficiales. [  ] Traducir es superar las discapacidades superficiales de las lenguas con objeto de traer a la luz sus principios ontológicos universales (1998: 93).
Esta postura imagina, por lo tanto, la existencia de una lengua única en el principio de los tiempos, una lengua que en un determinado momento histórico se fragmentó en incontables e innumerables lenguas particulares. El objetivo del universalismo lingüístico es entonces restablecer la existencia de esa lengua única y original a través del ejercicio de la traducción[6]. Sin embargo, debido a la enorme cantidad de lenguas existentes y a las culturas que se han construido a partir de ellas, el restablecimiento de la lengua primigenia parece ser una lejana quimera.

          Aún así, más allá de esta supuesta imposibilidad, algunos intentos de construcción de una lengua común parecen darse de manera espontánea en algunas regiones del planeta. Parece existir una necesidad innata por parte de los hombres de comprenderse los unos a los otros más allá de las barreras lingüísticas y culturales que los separan. Y es por ello que elaboran múltiples estrategias para comunicarse entre sí. En “Manaos, Bombay, Palo Alto”, por ejemplo, el narrador le cuenta al almirante indio acerca del ñengatú, “una lengua híbrida inventada por los colonizadores para reemplazar a varias lenguas nativas” (LCA, 50), una lengua que serviría para comunicarse más allá de las diferencias de origen.
          Con respecto al concepto de culturas híbridas, Néstor García Canclini menciona que “los países latinoamericanos son actualmente resultado de la sedimentación, yuxtaposición y entrecruzamiento de tradiciones indígenas [  ], del hispanismo colonial católico y de las acciones políticas, educativas y comunicacionales modernas” (2012: 86). En consecuencia, el ñengatú sería una lengua híbrida en la cual se sedimenta, yuxtapone y entrecruza lo nativo con lo colonial, una lengua en la cual la herencia amazónica convive con la portuguesa. Sin embargo, al ser una construcción lingüística inventada por los colonizadores, en ella no deja de prevalecer una cierta relación de dominio antes que una de comunicación, pues a través del ñengatú quizás se pretenda construir una realidad cultural en la cual se instrumente la explotación de un grupo por el otro a partir de una supuesta superioridad racial. Pero así como puede existir una relación de dominio, también pueden existir relaciones de resistencia, ya que ésta no deja de ser una lengua construida en base a las lenguas nativas de la región y en ella subyace también la visión de la realidad que pueden tener los pueblos amazónicos originarios.
          Por otra parte, en el mismo cuento, Shamar recuerda que “del norte al sur de la India las lenguas de las provincias no murieron”, recuerda que “son decenas” y que forman la base de su cultura (LCA, 50). Es ante la mención de esa circunstancia cuando el narrador siente cierta inquietud y le pregunta si “tantas lenguas vivas no amenazan la unidad de la nación india” (una idea que estaría en consonancia con aquella postura relativista que sostenía la imposibilidad de comunicar una misma realidad a través de diferentes lenguas). Y el indio responde que, por el contrario, esa es una de sus riquezas, pues sus lenguas “son tan ricas y prolíficas como los dioses” (LCA, 51). En esta última afirmación subyace, por lo tanto, un componente mítico que acerca esa multitud de lenguas indias a esa especie de lengua única y originaria de la cual hablaban los universalistas. En este sentido, todas las lenguas son una en la diversidad, pues todas las lenguas expresan una visión de la realidad que se completa y complementa con las otras visiones. Tal vez en lo diverso entonces se halle una unidad primigenia que no es fácil de percibir a primera vista. Ésta podría ser tal vez una manera de construir el tan ansiado horizonte de armonías del que se hablaba anteriormente. De todos modos, hay que tener en cuenta que estas lenguas que componen el mosaico cultural indio son bastante cercanas entre ellas y quizás tengan una perspectiva similar acerca del mundo, lo cual no parece suceder con culturas demasiado alejadas entre sí tanto en lo espacial como en lo temporal. ¿Cómo hacer entonces para superar este problema?

          En “La naturaleza se ríe de la cultura”, el francés Delatour, en el libro de viaje escrito durante gran parte de su vida, se termina dando cuenta de que
con el paso del tiempo, [  ] el estigma de ser extranjero ya es menos visible: algo en su comportamiento o en su voz se turbó, perdió un poco del relieve original. En ese momento, los orígenes del extranjero sufren una sacudida. El viaje permite la convivencia con el otro, y ahí reside su confusión, la fusión de orígenes, la pérdida de algo, el surgimiento de otra mirada. [  ] En esa convivencia con lo extraño, el narrador privilegia la mirada: el deseo de poseer y de ser poseído, la entrega y el rechazo, el temor a perderse en el otro (LCA, 89).
En este caso, la idea de hibridación supone una concepción más amplia y profunda que la anterior, pues ya no sólo consiste en la sedimentación, yuxtaposición y entrecruzamiento de lo colonial con lo nativo, sino que, más que eso, se concreta en la posibilidad de ser en el otro, en la capacidad de mirar la realidad desde otro punto de vista, en el descentrarse de sí mismo y de la propia cultura para ir hacia otra cultura. De este modo, se puede establecer ese horizonte de armonías en el cual las diferencias se resuelven de mejor manera a través de la comprensión de la realidad del otro y no a partir de la imposición violenta de los valores propios, un horizonte de armonías en el cual los conflictos se resuelven desde el seguir siendo uno mismo pero al mismo tiempo ser otro, desde el “deseo de poseer y de ser poseído”, desde  “la fusión de orígenes”. Así, cada cultura particular (como la amazónica por ejemplo) se puede inscribir dentro de la cultura universal no como inferior o superior a la ajena sino como una más entre otras. En síntesis, se puede ver como la idea de seguir siendo uno mismo pero al mismo tiempo ser otro plantea la posibilidad de construir una serie de mundos narrados que ya no sean excluyentes entre sí, plantea la posibilidad de que cada uno de esos mundos narrados incluya y complemente a los otros del mismo modo que las diferentes formas raciales son capaces de incluir y complementar una misma esencia de lo humano.         


Bibliografía
Fuente
HATOUM, Milton (2013). La ciudad aislada. Rosario: Beatriz Viterbo Editora.

General
BENJAMIN, Walter (1996). Para una crítica de la violencia y otros ensayos. Madrid: Taurus.
GARCÍA CANCLINI, Néstor (2012). Las culturas híbridas. Buenos Aires: Editorial Paidos.
STEINER, George (1998). Después de Babel. México: Fondo de Cultura Económica.
TODOROV, Tzvetan (2007). Nosotros y los otros. México: Siglo XXI.




[1]  De ahora en adelante, la obra del autor estudiado será citada con sus iniciales y el número de página correspondiente.
[2]  En este sentido, podemos hablar de mundos posibles ficcionales ya que la idea que tiene Gobineau con respecto al futuro de la región se inscribe más en lo imaginario que en lo real. Desde ese punto de vista, tanto el mundo posible etnocéntrico del que se hablara a continuación como su opuesto mundo posible universalista son construcciones ficcionales, representaciones imaginarias de algo que todavía no existe. 
[3]  El subrayado pertenece al autor del texto citado.
[4] Idem a la nota anterior.
[5] Armand Verne es otro intelectual francés mencionado en el cuento.
[6]  En su artículo titulado “Sobre el lenguaje en general y el lenguaje de los hombres, Walter Benjamin supone que la traducción no es “la comparación de igualdades abstractas o ámbitos de semejanza”, sino que, por el contrario, “es la transferencia de un lenguaje a otro a través de una continuidad de transformaciones” (1996: 69) 

sábado, 19 de septiembre de 2015

NIÑOS PEQUEÑOS

Un día cualquiera, la agilidad del cuerpo
comienza a decrecer, a degradarse.
El peso aumenta, las articulaciones
se endurecen, los dolores se hacen
más frecuentes, más constantes.
Sin que uno se dé cuenta, el tiempo pasa.
Un día cualquiera, el cabello se llena
de nieve, los surcos atraviesan el rostro.
Uno escucha el usted en vez del vos,
el señor en vez del muchacho.
¡Cuidado con el señor!
Sin que uno se dé cuenta, el tiempo pasa.
Y de pronto, uno es viejo, demasiado viejo.
Se sienta en una silla a recordar el pasado,
su tiempo es otro, su mundo ha cambiado.
Está quieto, inmóvil, alejado de todo.
¿Por qué a los niños pequeños nos pasan estas cosas?

domingo, 6 de septiembre de 2015

Lo inolvidable inmemorial en dos novelas latinoamericanas

Hacia el final de la novela La casa y el viento de Héctor Tizón, el narrador reconoce que “la historia de un hombre es un largo rodeo alrededor de su casa” (Tizón, 145). En ese sentido, el hombre es un viajero, pero siempre es un viajero que está rondando su propia casa o que la lleva a cuestas. En el caso de esta novela, el viaje del narrador protagonista es un viaje de ida, se va de su casa, huye de ella, porque según él se niega a dormir entre violentos y asesinos. Y así inicia su viaje. Pero antes de huir quiere ver lo que deja tras de sí, quiere cargar su corazón con imágenes no para contar su vida en años sino en montañas, en gestos, en infinitos rostros; no en cifras sino en ternuras, en furores, en penas y alegrías. Quiere llevarse consigo la áspera historia de su pueblo (Tizón, 13). Por lo tanto, la novela de Tizón narra la historia de una huida, pero también narra la de un deseo, el deseo de conservar en cierta manera lo que se pierde. ¿Y cómo se conserva lo que se pierde? Sólo a través de la memoria. En ese sentido, la memoria supone la conservación de la identidad.

          En contrapartida, el viaje que realiza el narrador en la novela Los pasos perdidos de Alejo Carpentier parece ser en principio un viaje de regreso hacia su propio origen. Pero no es sólo eso sino que asimismo es antes un viaje de ida hacia el lugar de procedencia de su padre, hacia el viejo continente, hacia el mundo de la civilización. Para el padre del narrador, que por circunstancias azarosas se había visto obligado a viajar hacia otro territorio, eso que llamaban Nuevo Mundo era un hemisferio sin historia, una “tierra de indios y de negros, poblado por los desechos de las grandes naciones europeas” (Carpentier, 115-116), es decir, una tierra de bárbaros y de salvajes. Para él, “la afirmación de ciertos principios constituía al haber supremo de la civilización” y “hacía hincapié, sobre todo, en el respeto que allá (en el viejo continente) se tenía por la sagrada vida del hombre” (Carpentier, 116). Sin embargo, cuando su hijo viaja hacia ese lugar, no encuentra las raíces que buscaba, sino que por el contrario, siente que ese no es el lugar del cual le hablaba su padre, siente que allí no puede encontrar su verdadera identidad. Allí pues, el narrador se encuentra con realidades que contrarían singularmente las enseñanzas de su padre (Carpentier, 117), se asombra por la diferencia que existe entre el mundo añorado por su progenitor y el que le toca conocer (Carpentier, 119). Es por eso que, para recuperar dicha identidad, debe realizar un viaje de regreso a través de sus “pasos perdidos”. Regresar a través de los pasos perdidos es recuperar la memoria del sí mismo, es en cierto modo volver a ser quien se era o se debió haber sido.

          Por lo tanto, se puede decir que, mientras que en la novela de Tizón se narra la historia de alguien que intenta conservar la memoria, en la de Carpentier se narra la de alguien que casi de manera fortuita la recupera. De esta manera, en ambas novelas se produce una dialéctica entre la memoria y el olvido que estructura los ejes de las narraciones. Con respecto a esta dialéctica, en La lectura del tiempo pasado: memoria y olvido, Paul Ricoeur manifiesta que la memoria es un “ente del tiempo”, en tanto que el olvido es “obra del tiempo destructor” (1999a: 13). En consecuencia, puede decirse que ambos procesos, tanto el de la construcción de la memoria como el de la destrucción del olvido, se desarrollan a través de una dimensión temporal. Por otra parte, en Las formas del olvido, Marc Augé postula que “lo que queda (en la memoria) es el producto de una erosión provocada por el olvido” (1998: 27). Desde ese punto de vista, reconoce que “el olvido, en suma, es la fuerza viva de la memoria” (1998: 28). Es por eso, entonces, que puede decirse que mientras el narrador protagonista de La casa y el viento intenta conservar la memoria para no olvidar su identidad, el de Los pasos perdidos la recupera porque ha olvidado su origen.
          Desde este punto de vista, es válido analizar que sentido pueden tener los componentes del titulo de la novela de Tizón. Y así, “la casa”, que no es únicamente la vivienda en donde habita el narrador sino que también es su tierra, podría ser definida como el espacio del refugio; es decir, el lugar en el cual se encuentra el amparo, el lugar en el cual uno es o debiera ser tal como es, el lugar en donde uno construye su identidad. Es por eso que, antes de abandonarla, el narrador se ve obligado a reconstruirla a partir de la memoria, se ve obligado a no olvidarla. Por lo tanto, “la casa” puede ser definida también como el espacio de la memoria. De esta manera, en tanto “la casa” es el espacio del refugio y de la memoria, “el viento” es el de la intemperie, pues es el lugar en el cual uno está fuera de la casa, el lugar en donde uno está abandonado a sí mismo, pues la intemperie no es ni más ni menos que la permanencia a cielo descubierto, sin techo, la vida sin refugio, la vida en el peligro de la muerte. Y así lo sugiere el narrador cuando dice que
el aire acumulado en el desfiladero que habíamos dejado atrás acababa de nacer y, convertido en viento, iba a asolar el páramo […] Era el atardecer, pronto sería la noche, y tal vez el viento, la nieve, la muerte comprobé en ese momento también que en este mundo, elegido como un tránsito, tampoco tenía cabida (Tizón: 120-121)

          Es por eso, entonces, que el protagonista se ve obligado a buscar refugio en “otras casas” y conoce otras memorias. Los asesinos y los violentos, como se decía anteriormente, lo obligan a abandonar “su casa” y lo llevan a vivir a merced del viento. Pero es en el viento en donde paradójicamente puede conocer las otras voces, las otras memorias, la voz y la memoria del pueblo. De este modo, mientras que por un lado el viento supone la vida en el exilio, por el otro también se manifiesta como la posibilidad de conocer las distintas voces de la memoria que le permiten llevar su casa (su tierra) a cuestas; es decir, le posibilitan, en cierta manera, conservar su propio ser, su identidad. Sin embargo, cuando uno se va, tal como lo mencionaba Augé, el olvido erosiona las aristas de la memoria, la casa deja de ser la que era. Y cuando uno al fin puede regresar a ella se encuentra con que ya no es la misma, con que ya es otra. Así es como cuando el narrador retorne a su casa, ésta será la que era pero ya no lo será. En ese sentido, tal como lo postula Ricoeur en Historia y narratividad, la casa será una concordancia discordante. No obstante, la casa siempre será el refugio al cual uno desea regresar, siempre será el lugar en donde uno construye su identidad.
          De la misma manera, la casa es mencionada en distintas ocasiones en la novela de Carpentier. Tal vez la más notoria e importante sea aquella en la cual el narrador cuenta uno de sus disgustos con su amante Mouche y Rosario inteviene. Allí, hablando de Mouche, el narrador dice
La miré de modo tan ambiguo que Rosario, creyendo tal vez que iba a pelear de nuevo, por celos, me salió al paso en maniobra de aplacamiento con una frase oscura que tenía de proverbio y de sentencia: “Cuando el hombre pelea, que sea por defender su casa”. No sé que entendía Rosario por “mi casa”; pero tenía razón si pretendía decir lo que quise comprender: Mouche no era “mi casa”. (Carpentier: 138-139)
Así, se establece una suerte de relación de oposición entre ambas mujeres en donde una de ellas, Mouche, representa el mundo de más allá del cual regresa el narrador, es decir, el mundo superficial y de apariencias en donde él se sentía vacío de toda identidad posible. En tanto que la otra, Rosario, realmente sería la casa en la cual se puede encontrar un verdadero refugio, una verdadera identidad. Sólo al regresar a su casa, el narrador puede recuperar su memoria y su identidad.
          Sin embargo, tanto la memoria que intenta conservar el narrador de La casa y el viento como la que recupera el de Los pasos perdidos no es solamente una memoria individual sino que es más bien una memoria colectiva. En La lectura del tiempo pasado, Ricoeur establece claramente las diferencias y las relaciones entre ambos tipos de memoria. Con respecto a la memoria individual, menciona tres características. En primer lugar, manifiesta que “la memoria constituye por sí sola un criterio de identidad personal”. En segundo lugar, postula que “el vínculo original de la conciencia con el pasado reside en la memoria”. Y por último, dice que “se encuentra vinculada a la memoria la sensación de orientarse a lo largo del tiempo, del pasado al futuro” (1999a: 15-17). Pero al concepto de la memoria individual, Ricoeur le agrega la idea de una memoria colectiva y reconoce que
uno no recuerda solo, sino con ayuda de los recuerdos de otro […] nuestros presuntos recuerdos muy a menudo se han tomado prestados de los relatos contados por otro […] nuestros recuerdos se encuentran inscritos en relatos colectivos que, a su vez, son reforzados mediante conmemoraciones y celebraciones públicas de los acontecimientos destacados (1999a: 17)
Así es como en ambas novelas, los narradores protagonistas no construyen su memoria solamente a partir de sus recuerdos personales sino también a través de los relatos que oyen de otras personas. De este modo, no sólo pretenden conservar y recuperar una memoria histórica personal sino que más bien intentan conservar y recuperar la memoria colectiva, es decir, la memoria primigenia y mítica de los habitantes de la tierra. En cierta manera, puede decirse que ambos narradores pretenden conservar y recuperar lo que ha sido olvidado.

          Desde este punto de vista, es válido recurrir al concepto de lo inolvidable inmemorial que, en El filo fotográfico de la historia, Elizabeth Collingwood-Selby opone al de lo memorable. Según ella, “los mecanismos de configuración de la memoria (histórica) nacional serán también, inevitablemente, por tanto, mecanismos de institución del olvido” (2009: 19). En consecuencia, con respecto a lo memorable, lo define como “aquello que efectiva y conscientemente puede ser o ha sido recordado por los hombres”. En tanto que lo inolvidable inmemorial es “lo inolvidable que exigiendo ser recordado sin embargo, ha sido, es y habrá de ser irremediablemente olvidado por todos los hombres” (2009: 39). Así es entonces como la historia colectiva nacional se construye a partir del recuerdo de lo memorable y del olvido de lo inolvidable inmemorial.
          En relación con estas ideas, el narrador de La casa y el viento reconoce que
No, no era quizá la vida lo que estaba hoy en las calles, sino sólo la historia. […] Las calles, las ciudades, los recintos planificados por la estética, la asepsia, la política. También por las ideas, la represión, la policía, la competición y la muerte; la seguridad por el orden, que sólo nos conduce a la locura o a la estupidez. Mi pasado está allí, en algún lugar, pero aún apresado en él ya no le temo. Siento que la vida es como un relámpago, una suma de relámpagos aislados, irregulares e intensos. Y el recuerdo no es más que la busca de esos instantes perdidos. (Tizón: 121)
En este contexto, la historia estaría relacionada con lo memorable mientras que la vida lo estaría con lo inolvidable inmemorial, con la “suma de relámpagos aislados”, con “esos instantes perdidos” que son buscados por el narrador. La historia memorable supone el olvido de la vida en las calles, es la muerte de lo que debiendo ser recordado es olvidado. Marc Augé, en cierta manera, coincide con esta idea cuando manifiesta que “la memoria y el olvido guardan en cierto modo la misma relación que la vida y la muerte” (1998: 19). Es por ello que, no sólo el narrador de la novela de Tizón sino también el de Los pasos perdidos, intentan conservar y recuperar lo inolvidable inmemorial.
          Ahora bien, ¿cómo hacen estos narradores para conservar y recuperar lo que debiendo ser recordado ha sido olvidado? En el caso de la novela de Tizón, el intento de conservar lo inolvidable inmemorial estaría representado por la búsqueda del verso perdido que realiza Belindo de Casira. Este último sólo logra conocer este verso en el instante final de su muerte luego de haberse enfrentado en un duelo con un desconocido en un almacen de Sococha (Tizón: 75-77). Y es precisamente el hombre que lo ultima quien le da a conocer de manera secreta las palabras del verso perdido, es él quien le permite acceder a lo inolvidable inmemorial. Pero lo inolvidable inmemorial no es únicamente el verso perdido que Belindo conoce en el momento de su muerte sino que también lo son los relatos que los habitantes de la tierra le cuentan al narrador en la reconstrucción de la historia del famoso coplero. Esta última es una historia mítica que no es recordada ni fijada desde la historia oficial sino que es reproducida en múltiples versiones a partir de lo que cuentan los lugareños.
          En el caso de Los pasos perdidos, la recuperación de lo inolvidable inmemorial se da cuando el narrador presencia el momento mítico del nacimiento de la música en el treno que el hechicero de una tribu primitiva esboza ante la muerte de un hombre. Cuando presencia esta escena, el narrador percibe que esa manifestación “es algo situado mucho más allá del lenguaje, y que, sin embargo está muy lejos aún del canto” (Carpentier: 239). Pero es sólo en este instante cuando comprende que todas sus teorías (y las de sus colegas) con respecto al nacimiento de la música estaban equivocadas. Es éste el instante mágico en el cual el narrador puede recuperar lo inolvidable inmemorial, lo que debiendo ser recordado ha sido olvidado, a través de la expresión y el gesto animista de un hombre primitivo.
          En conclusión, puede decirse que tanto en La casa y el viento como en la novela de Carpentier se narran historias de hombres que emprenden un viaje en el cual se pretende conservar y recuperar a través de la memoria aquello que no tendría que haber sido olvidado por los hombres, pues sólo a partir del recuerdo de los acontecimientos míticos de un pueblo es posible no sólo conservar la identidad personal de un individuo sino más bien la identidad cultural y colectiva de un pueblo.

Bibliografía
AUGÉ, Marc (1998). Las formas del olvido. Gedisa, Barcelona.
CARPENTIER, Alejo (2010). Los pasos perdidos. Losada. Buenos Aires.
COLLINGWOOD-SELBY, Elizabeth (2009). El filo fotográfico de la historia. Walter Benjamin y el olvido de lo inolvidable. Metales Pesados, Santiago de Chile.
RICOUER, Paul (1999a). La lectura del tiempo pasado: memoria y olvido. Arrecife, Madrid.
RICOEUR, Paul (1999b). Historia y narratividad. Paidós, Barcelona.
TIZÓN, Héctor (2013). La casa y el viento. Alfaguara, Buenos Aires.  


martes, 25 de agosto de 2015

El desierto es limpio

La maleza crece alrededor de la torre.
La buena semilla muere, la mala se expande.
Una gruesa puerta de acero está sellada,
impide la entrada al interior del monolito.
Los insectos caminan entre las malezas,
observan a los escasos y casuales visitantes.
El sol de la siesta cae impiadosamente.
El desierto crece.
El desierto y la semilla.
La mala semilla.

El monumento quedó a la deriva.
El desierto comenzó a crecer.
La mala semilla empezó a expandirse.
La gigantesca mole de piedra
quedó abandonada, solitaria.
Las puertas se cerraron.

“Lo desconocido es una abstracción,
lo conocido, un desierto.
Pero lo conocido a medias,
lo apenas vislumbrado,
es el lugar perfecto en el que
ondula el deseo y la alucinación.”

El desierto es la nada misma,
el desierto lo es todo,
el desierto es muchas cosas.
El desierto nos persigue y nos alcanza.
La maleza nos envuelve,
nos envuelve cada vez más
a lo largo de nuestras vidas.
La mala semilla se origina
en un momento dado.

El desierto avanza, nunca se detiene.
La maleza también avanza,
tampoco se detiene.
El desierto es la maleza.
La maleza es el desierto.
La naturaleza se ríe de las vanas
pretensiones de los hombres.
Sólo lo salvaje es eterno,
sólo lo salvaje persiste.
Me gusta el desierto porque es limpio.